HABLANDO DE SEDUCCIÓN

Ella era especial. No era la más guapa, ni la más alta, ni tenía los ojos más bonitos. Ella tenía algo más importante, algo difícil de describir, algo intangible. Algo que a todos nos atraía, como un canto de sirena, como un imán. Muchas veces pensé que se trataba de su sonrisa, siempre dibujada en su cara. Quizá su carácter alegre y divertido que le hacía tan atractiva. Me llevó tiempo descubrir que ella sonreía desde el alma. Se conocía bien y había aprendido a gustarse. Se sentía libre al hablar y actuar. Caminaba segura de sí misma, sabiéndose poderosa. Su mirada era tranquila y directa, porque no temía sobre lo que sus ojos pudiesen contar de ella. Conocía mejor que nadie sus imperfecciones y debilidades, lo que le volvía menos vulnerable. Me llevó un tiempo descubrir que antes de seducirnos a todos, ella se había seducido a si misma.

Entonces entendí que antes de enamorar a los demás, debemos aprender a enamorarnos de nosotros mismos, aceptándonos sin juzgarnos. Debemos cuidarnos y mimarnos, haciendo lo que nos gusta o lo que necesitamos. Haciéndonos regalos que le hagan bien al alma: un café con una amiga, un buen libro, un paseo, esa llamada postergada… Gratificaciones personales de esas que hacen que te sientas bien y alegre, que te hacen sentir más segura.

Porque la seducción es un proceso que comienza desde dentro. Nada que no esté dentro de cada uno puede salir de manera auténtica y natural. Sólo cuando estás bien contigo mismo, puedes estar bien con los demás. Necesitas valorarte para valorar, respetarte para respetar y aceptarte para aceptar. Sólo podrás ser feliz con otra persona cuando no necesites de esa persona para ser feliz.

Amarse a uno mismo es el gran aprendizaje vital para poder ser verdaderamente felices y disfrutar de una vida plena.