SENEGAL, CONTIGO APRENDÍ

De Senegal aprendí que se puede ser feliz con muy poco. Que muchas cargas nos las creamos nosotros sólos: tener una hipoteca, mantenernos en un trabajo que no nos gusta para pagar esa hipoteca, tener estrés porque no tenemos tiempo y casi no nos llega el dinero de ese trabajo que no nos gusta para todas nuestras “necesidades”…

Aprendí que la depresión es una enfermedad de afortunados, porque la madre que cada día tiene el objetivo de sacar a su familia adelante y la mujer que lucha por tener un futuro mejor no tienen tiempo para estar deprimidas.

Aprendí lo que es la solidaridad más allá de dar un poco de lo que me sobra. Es dártelo a ti, que hoy estas peor, aunque yo también lo necesite. Es compartir entre muchos y hacerlo desde el corazón, para que sonriamos todos.

Aprendí que es la gratitud verdadera, cuando casi me avergonzaba porque pensaba que yo tenía más que ellos y eso hacía que mi vida fuese mejor, pero resulta que ellos, sin saberlo, me daban más a mi. Cuando el pasado Agosto me despedí de Brigitte, Awa, Ginette y Mariange lloré desconsoladamente, con una congoja de esas que no te dejan ni hablar. Ellas me abrazaban y me decían “¡Pero si pronto volverás!”. Pero yo no lloraba porque me iba, lloraba por una gratitud que me invadía y desbordaba el alma, lloraba porque me sentía afortunada y privilegiada por recibir sus palabras sinceras, sus abrazos, su cariño.

Aprendí cómo las mujeres se apoyan entre ellas, no importando la religión, porque hay una meta que está por encima de todo: el bienestar de su familia. Son fuertes y valientes, son el motor de la sociedad.

Recuperemos esos valores, apoyémonos las unas a las otras, dejando atrás todo lo banal, porque unidas somos invencibles y sólo así conseguiremos cambiar esta sociedad.

“Las huellas de las personas que caminaron juntas nunca se borran”

Proverbio africano